En el libro Nueve de la Odisea, Homero relata lo que le sucedió a su héroe Odiseo cuando una tormenta desvió sus barcos de rumbo y los llevó a la “Tierra de los Comedores de Loto”.

Calmada la tormenta, Odiseo ordenó desembarcar a dos de sus mejores hombres para que hicieran un reconocimiento. Esperaron, pero después de un tiempo sus hombres no volvieron. Entonces el mismo Odiseo desembarcó para buscarlos. Los encontró. Estaban vivos y caminando, pero en un estado de sueño. Los nativos los habían invitado a qué comieran la flor del loto, y por ello habían perdido completamente su memoria. No sabían ni quienes eran ni de adonde venían: “habían perdido su psiquis”, dice Homero.

Homero sabía, en ese tiempo, que la memoria era parte integral de lo que una persona es. Sin ella, no es posible llegar a tener la percepción de sí mismo y la percepción de los demás. Es lo que se almacena en la memoria, lo que en definitiva condiciona todo el comportamiento y la personalidad de cada individuo. “Si ella se pierde, se pierde el psiquis”. Afortunadamente sus hombres volvieron al barco y, después de algunos días, recuperaron la memoria.

Sin duda que es necesaria la memoria para formar nuestra personalidad, para aprender, relacionarnos con otros y, en consecuencia, desenvolvernos en la sociedad. Cada instante, a través de nuestros sentidos, estamos percibiendo sonidos, olores, objetos y hechos. Sin embargo, no todo lo que nuestros sentidos perciben queda grabado en nuestra memoria, ya que parece existir un verdadero cedazo que permite grabar sólo lo más importante. Alexander R. Luria, neuropsicólogo ruso, en 1968 escribió un libro “La Mente del Memorion”, dedicado enteramente a relatar el caso de un individuo llamado Shereshevsky, que tenía la rara condición de recordar todo lo que sus sentidos percibían. En una ocasión, este le mostró una larga y compleja fórmula matemática. Después de algunos minutos, Shereshevsky la reprodujo con absoluta fidelidad. Pero lo que fue más asombroso, la misma fórmula la reprodujo 15 años después con igual exactitud. Pero esta condición tan extraordinaria, no le sirvió mucho a su paciente. Su tremenda memoria lo inhabilitó para el trabajo, porque su cerebro se sobrecargaba de demasiada basura innecesaria, y que no podía integrar ni correlacionar. Para desgracia de él, sin ni siquiera emociones, sólo pudo emplearse en un music hall, exhibiendo su memorión.

Afortunadamente, la mayor parte de las personas posee una memoria con una capacidad intermedia entre los comedores de lotos y el memorión Shereshevsky. El cerebro normal no sólo almacena, sino que también selecciona información relevante, de tal forma que lo aprendido se puede correlacionar entre sí, además de su relación con sus emociones. Como resultado de todo esto se comienza a estructurar la experiencia, la personalidad y, en definitiva, la inteligencia.

FASES DE LA MEMORIA

Existe así una memoria de corto plazo, que luego da lugar a la memoria de tiempo medio que, bajo ciertas condiciones, llega a consolidarse en una memoria más estable, de largo plazo. Mucho de la memoria de corto plazo se olvida y sólo una parte mas relevante pasa a la de mediano plazo, para finalmente llegar a la memoria más estable de largo plazo. En el caso del memorión, que relata Luria en su libro, no había cedazo, y todo lo que sus sentidos percibían pasaba a la memoria de largo plazo. En este proceso, John Connolly, investigador del Cold Spring Harbor Laboratory en Nueva York, trabajando con moscas, que como todos los animales tienen también memoria, ha logrado identificar un gene específico que puede estimular o suprimir la memoria de largo plazo, demostrando así que el archivar la información tiene una base bioquímica.

Pero también se ha podido demostrar que la memoria de largo plazo se almacena en un lugar preciso del cerebro: el hipocampus. Susumo Tonegawa, investigador del MlT en Boston, ganador del Premio Nobel, ha podido desarrollar una técnica en lauchas por medio de la cual inhibe la expresión de un gene especifico en las neuronas de esa zona y, como resultado, estas ratas no pueden guardar información. Puestas en un laberinto, a diferencia de las lauchas normales, nunca aprenden a llegar al queso.

En los seres humanos, se ha podido demostrar que la memoria de largo plazo también se almacena en un lugar especifico del cerebro. Hay un caso clásico de estudio, observado en un hombre epiléptico (H.M.), que ha servido para comenzar a comprender como se almacena la memoria en el cerebro humano. Se trataba de un enfermo que sufría de crisis muy graves de epilepsia y que le impedían llevar una vida normal. Coma único tratamiento posible, en 1953 se le extrajo una parte importante del hipocampus cerebral, de la amígdala y del lóbulo temporal del mismo. Si bien es cierto que se atenuaron los síntomas de la epilepsia, aparecieron otros síntomas muy peculiares: a partir de esta situación no fue capaz de transferir nuevas informaciones para su posterior almacenamiento en la memoria permanente, de tal suerte que sólo podía recordar cosas por un corto período de tiempo. Como resultado, H.M. vivía un presente perpetuo, en que sólo recordaba lo sucedido en ese día. Sin embargo, la memoria de lo que le había sucedido hasta antes de la cirugía permanecía intacta.

Otras observaciones clínicas han permitido también ir conociendo mejor el proceso de almacenamiento de la memoria, que parece confirmar que la memoria en función del tiempo se va haciendo mas resistente a las alteraciones. Connolly relata un caso de un traumatismo encéfalo-craneano sufrido por una persona durante el día de Navidad. Después de reponerse, el paciente podía recordar todo hasta el 12 de diciembre, pero lo sucedido entre el 12 y el 24 del mismo mes, se le borró completa y definitivamente. Estas y otras observaciones han permitido diferenciar la memoria llamada de largo plazo, la que parece que, progresivamente, se va haciendo más resistente a posibles alteraciones cerebrales, sean estas producidas a consecuencias de traumas, shocks o anestesias. Es decir, habría un proceso por el cual hechos destacados de la memoria de corto plazo se transfieren a la memoria de largo plazo, que pasa así a ser más duradera. Cuesta recordar la comida de la cena del día anterior, pero no se olvidará nunca del guiso que, cuando chica, su madre le exigía comer. Eso quedó grabado en la memoria a largo plazo. Otra observación que ha sido posible demostrar en animales de experimentación, es que la memoria de largo plazo depende de la síntesis de proteínas. Pero cada neurona no trabaja aisladamente, sino que, por el contrario, están íntimamente conectadas ente sí. Para traer un recuerdo a la mente, son muchas las neuronas que se disparan simultáneamente, y para eso necesitan de una interconexión perfecta.

Las conexiones se hacen a través de las dendritas, (prolongaciones de las neuronas) por medio de substancias químicas (neurotransmisores) que ellas producen y liberan, las que desencadenan una serie de reacciones dentro de la neurona. Pero estas substancias químicas necesitan ser reconocidas por receptores que están en las membranas de las neuronas que, a su vez, son proteínas.

En el caso de las lauchas de Tonegawa, manipuladas genéticamente para inhibir un determinado gene, lo que se logra, en definitiva, es que no se produzca la proteína receptora de un neurotransmisor: el glutamato. Como consecuencia, las células no se conectan y no pueden guardar la información. Es lo mismo que nos sucede a los seres humanos con la edad. En la medida que pasan los años, vamos perdiendo las conexiones interneuronales que establece el glutamato. Ya a los 70 años se ha perdido el 20% de ellas, y debido a esto va disminuyendo la memoria.

Pero dentro de cada neurona, parece también que está claro que en el último termino, para que la memoria se almacene, hay también una dependencia de la síntesis de proteínas, que a su vez son codificadas (ordenadas) por otros genes. Serían estas proteínas las que en forma ordenada guardan la información, del mismo modo que es necesario ir ordenando los ladrillos para construir los muros de una casa. En este sentido son clásicos los experimentos realizados por Wesley Dingman y colabores del Chesnut Hill Hospital de Maryland en el año 1963. Al inyectar una sustancia que inhibía la síntesis de proteínas a una rata, ésta no lograba una memoria de largo plazo. Sin embargo, la misma droga no afectaba a la memoria de largo plazo que ya había sido almacenada previamente.

En resumen, todo parece indicar que el almacenamiento de la memoria se realiza en un lugar preciso del cerebro: el hipocampus, y que en el proceso están involucrados genes específicos dentro de la neurona. Ellos logran armar la memoria, codificando (ordenando) la síntesis de proteínas también especificas, que son necesarias tanto para que las neuronas se puedan comunicar entre sí como para que, en alguna forma, ordenen y guarden la memoria en cada neurona. Son verdaderos genes bibliotecarios, pero con una condición muy especial, ya que la información no estaría en libros o anaqueles diferentes, pues el recuerdo de algo está también interconectado con muchos otros que se van interrelacionando. Para recordar nombres, caras o información en general, requiere que el Cerebro “recree” una serie de actividades eléctricas sincronizadas relacionadas con la información. Un simple olor o un hecho determinado nos trae recuerdos relacionados del pasado, y esos nos trae otros y otros, y así se van correlacionando. Todo parece indicar que para que sea posible esta dinámica de la memoria, se requiere de la compleja interconexión de cientos de neuronas a través de sus sinapsis. Todo esto, en el caso de la memoria do largo plazo, sucedería en la zona cerebral llamada hipocampus.

FALTA MUCHO CAMINO POR RECORRER

Si fuera posible llegar a conocer todos los mecanismos genéticos o bioquímicos que permiten almacenar la memoria, como lo hace una computadora, aún así estaríamos muy lejos de conocer la intimidad de la función cerebral. El proceso es mucho más complejo y más dinámico que simplemente guardar información. Así, por ejemplo, sabemos que la memoria se relaciona con las emociones, pero estamos lejos de comprender como ello ocurre. Tal es el caso, por ejemplo, de lo que recientemente Vilayanur Ramachandran, de la Universidad de California, ha descrito en un paciente, que a consecuencia de un traumatismo craneano ha quedado con una rara anomalía que no le permite relacionar su memoria con sus emociones. Este cuadro clínico se ha llamado el Síndrome de Capgras, que hace que el paciente se imagine que los miembros de su familia son impostores, porque al verlos no le produce ninguna emoción. Sin embargo, su memoria y su inteligencia son normales. Es así como cuando le muestran fotografías de miembros de su familia o de personas importantes para él, las recuerda y reconoce perfectamente, pero no le producen ninguna emoción. Él admite que en la fotografía se ven como sus padres o conocidos, pero al mismo tiempo afirma que son simplemente dobles. En presencia de ellos, los reconoce, pero cree que son impostores.

Según cree Ramachandran, lo que ha sucedido en este paciente, es que ha perdido la conexión entre la memoria, que le permite recordar las caras (corteza inferior temporal) y el sistema límbico del cerebro, que regula las emociones. Así, su memoria recuerda las caras, pero no siente emociones ante ellas. Una rara condición, porque cualquiera que sean los recuerdos quo almacenamos en la memoria, siempre van ligados a emociones (afecto, rabia, alegría, tristezas, frustraciones, etc.). Es de este modo como la memoria está interrelacionada, en cada caso, con muchos otros recuerdos y con muchas otras emociones. No sólo eso: memorias y emociones, en alguna forma, influyen en todas las funciones del organismo. Es por esta razón que las crisis emocionales y afectivas desencadenan diversas enfermedades en órganos muy lejanos.

Los expertos en computación se han planteado el desafío de llegar a desarrollar un computador inteligente. Para ello quieren imitar coma trabajan las neuronas interconectadas. Dicen ellos que quieren llegar a la inteligencia artificial. Todo parece indicar que aún están muy lejos de ello. No es sólo cuestión de interconectar neuronas. ¡Nos falta tanto para entender la complejidad del cerebro! Aunque la ciencia siempre depara sorpresas, en esta ocasión parece poco posible que podamos imitarlo o al menos caricaturizarlo.

Fuente: Creces.cl