Nació el 8 de febrero de 1828 en Nantes, Francia y estudió leyes en París. Entre 1848 y 1863 se dedicó a escribir libretos de ópera y obras de teatro.

Su primer éxito le llegó en éste último año cuando publicó “Cinco semanas en globo” (1869).

Era un escritor al que le encantaba la ciencia y los inventos en el siglo XIX. Documentaba sus aventuras y predijo acertando muchos de los logros científicos del siglo XX. Escribió sobre cohetes espaciales, submarinos, helicópteros, aire acondicionado, misiles dirigidos e imágenes en movimiento, mucho tiempo antes de que aparecieran.

En la novela, “De la Tierra a la Luna”, publicada en 1856, Verne, anticipó detalles de la que ciento trece años después sería la primera misión espacial en pisar la Luna. La forma e incluso las dimensiones de la cápsula espacial, el lugar de lanzamiento, el país que habría de lograr el triunfo y el que sería su competidor más directo: Rusia; la falta de gravedad, las trayectorias que seguiría el artefacto y su órbita alrededor de la luna, el sistema de corrección de trayectoria por medio de cohetes, e incluso la forma y lugar de regreso: la novelesca narración termina cayendo al mar en un lugar situado a cuatro kilómetros del lugar en que amerizó la primera tripulación en realizar una órbita lunar, el Apolo VIII.

Otras novelas de este autor supusieron predicciones que aún siguen cumpliéndose en la actualidad en materia geográfica, tecnológica, sociológica, económica y política. Pero en ello no hay ningún misterio ni adivinación. Sencillamente, Verne fue un increíble investigador ocupado desde su juventud en adquirir una cultura científica enciclopédica y mantenerse al día de los adelantos científicos que por entonces abundaban en los países occidentales. Si a ello se añade su capacidad de anticipación, el método está listo.

Julio Verne, fue el primogénito de Pierre Verne, un abogado burgués hijo a su vez de un juez. El día del bautizo, su padre lo mostró a la familia y decidió que sería abogado y se ocuparía del bufete familiar después de su muerte.

Pero la exagerada rectitud y disciplina del padre no encontrará en el hijo la resignación que quisiera, sino que el joven es rebelde y propenso a la aventura. Desde muy pronto su inclinación a los viajes le enfrentan a su padre e incluso intenta fugarse en un navío hacia la India. Tenía 11 años, y su padre consigue detenerle en el mismo barco y le aplica un severo castigo: azotado con un látigo y encerrado a pan y agua.Pero lo que más le duele es la promesa que le obliga a pronunciar: “nunca pretenderá viajar más que con la imaginación”.

A los 17 años empieza a mostrar inclinación por la literatura, e incluso escribe una pequeña tragedia en verso para marionetas que dedica a su prima Caroline de la que lleva años enamorado, sin que le haga el menor caso. Dos años después ella se casa por interés, marcando una huella profunda en el carácter de Verne, que será ya para siempre marcadamente huraño.

Al cumplir los 20 años se dirige a París para estudiar la carrera de derecho, y allí coincide con la Revolución de 1848 en que la clase proletaria surge por primera vez para reclamar sus derechos ante la burguesía dominante. No obstante el ambiente de agitación, Verne es apolítico y a lo largo de su vida no tomará partido más que por cuestiones puntuales indistintamente la ideología de su origen.

Verne escribe algunos dramas mediocres de los que alguno es estrenado en el teatro que Dumas ha comprado e incluso en el Teatro de Nantes, pero con un éxito nulo de público y crítica.

Finalmente, termina sus estudios y se enfrenta a su padre en un momento decisivo: no quiere ser abogado. “Sabes perfectamente que, antes o después, ejerza o no el Derecho durante unos años, si las dos carreras son proseguidas simultáneamente, una de ellas matará a la otra, y conmigo tu bufete no tendrá muchas posibilidades de longevidad” le escribe en una de sus cartas. Está decidido, pero la reacción paterna es suprimirle la asignación económica que le mantenía.

Escribe operetas y dramas de poco éxito y algunas colaboraciones en revistas literarias. Con ello no gana suficiente para vivir, y así da clases de Derecho hasta que encuentra trabajo como secretario en el Teatro Lírico de París. Pero, pese a todo, su mayor problema es encontrar una parcela de la literatura en que pueda destacar. Al fin encuentra un tema original y muy de moda en su época: el progreso científico. Dumas se entusiasma ante la idea cuando Verne le explica que escribirá “la novela de la ciencia”.

Malviviendo en una buhardilla cochambrosa, sin apenas dinero para comer todavía se atreve a comprar un piano para preparar sus operetas. Se levanta a las cinco de la mañana para trabajar durante cinco horas. Luego va a la Biblioteca Nacional, donde estudia química, botánica, geología, mineralogía, geografía, oceanografía, astronomía, matemáticas, física, mecánica, balística… Luego su primo Henry Garcet le enseña matemáticas y en el Círculo de Prensa Científica habla con exploradores, viajeros, periodistas y científicos.

A pesar de todo su éxito profesional y económico, en el plano personal Julio Verne no fue un hombre afortunado. Fiel a su vieja norma de que el alimento del espíritu es antes que el del cuerpo, también su vida privada está supeditada, casi sacrificada, a su carrera.

Su matrimonio es un fracaso, discreto porque no hay grandes escándalos, pero desgraciado porque no hay amor. Su hijo se ha criado en un ambiente de olvido paterno y frialdad afectiva. Casi como un reflejo de la juventud de su padre, Michel Verne es rebelde y problemático. El padre, que tanto sufrió por el autoritarismo del abogado Pierre Verne, es también autoritario a su vez, y hasta extremos que ni siquiera él tuvo que sufrir: a los ocho años Michel es enviado a un severo internado “para que le enderecen”, lo cual traumatiza al niño de tal manera que debe recibir tratamiento psiquiátrico de la época, casi peor que la enfermedad.

El ritmo de trabajo que ha mantenido durante tantos años, además, produce a Verne dolencias gástricas y desmayos, además de la parálisis faciales y por fin la diabetes, que lo acabará matando. Esta enfermedad le va quitando vista y después también oído pero aún así no pierde el sentido del humor: “Cada vez veo peor, querida hermana. He perdido también un oído; gracias a esto sólo corro el peligro de oír la mitad de las tonterías y de las mezquindades que corren por el mundo. Es una gran consolación.”

Hacia 1880 se ha producido en la literatura de Verne un cambio sustancial, cuando el optimismo de sus primeras novelas, entusiasmadas por el avance de la ciencia, se ve sustituido por el pesimismo científico. Ahora los avances ya no conducen al avance de la Humanidad, sino a su dominación. “Los quinientos millones de la Begum” (1879), “Frente a la Bandera” (1896), “La isla de Hélice” (1895), la póstuma “La extraña aventura de la misión Barsac” (1919) son algunas de sus novelas de esta época.

Julio Verne muere en Amiens el 24 de marzo de 1905. Todavía entonces está trabajando en una novela que llamaría “La invasión del mar” en que las aguas invadirían Europa arrasándolo todo a su paso. Otra novela póstuma, “El eterno Adán”, trata de un cataclismo mundial que inunda todo el planeta haciendo que los supervivientes sufran un periodo regresivo, retrocediendo hacia el salvajismo.

Pero ante estas anticipaciones, en el lecho de muerte, Julio Verne se dirige a su familia que le rodean, diciéndoles: “Sed buenos”.